viernes, 28 de octubre de 2011

El Restaurante

Sentados frente a frente en la mesa de un pequeño restaurante. Una copa de vino daba paso al inicio del evento, el brindis de rigor hizo que el tibio caldo resbalase por la garganta dejando en sus bocas un agradable sabor afrutado.

Pidieron la cena, y empezaron con una conversación trivial, cuánto tiempo  hacia que no se veían, cómo les había ido hasta ahora, qué habían hecho. En fin, miles de preguntas con fáciles e intuitivas respuestas. Entre sorbo y sorbo sus miradas se hacían más incisivas y profundas, se deseaban y  ambos lo sabían  pero no era el momento ni el lugar adecuado,  tenían que esperar.
El camarero hizo su aparición con los primeros platos, y tras brindar de nuevo por su reencuentro, empezaron a probar el suculento manjar.

Pero ella no podía esperar, estaba ansiosa y necesitaba que él lo supiera,  así que descalzando uno de sus  pies,  lo deslizó bajo la pernera del pantalón tejano de su amigo, rozando suavemente con sus dedos la pierna, escalando centímetro a centímetro por la estrechez del pantalón, jugueteando con el vello de la pantorrilla que a su vez cosquilleaba su planta, hasta llegar casi a la rodilla, donde el paso se hizo imposible de franquear.

Los ojos de él, atónitos ante la situación inesperada, expresaban sorpresa  y una media sonrisa se escapaba de su boca.
¿Qué haces?- preguntó
¿Te gusta? pues calla, y  relájate- le contestó
¿Cómo que  me relaje? Eso es imposible, me estás poniendo cardiaco.
Shuuuu.... le dijo ella, déjame y disfruta
 
Retiró el pie del lugar donde la estrechez impedía de todas todas poder seguir por el camino elegido, así que lo intentó de nuevo, ahora por fuera del pantalón,  apoyándolo   contra el muslo, y reptando  poco a poco hasta llegar a la entrepierna, masajeando con los dedos el abultado sexo  que ante la situación había endurecido.

Dejó que el pie reposara unos minutos sobre él,  mientras que con  la planta y con los dedos  ejercía una suave presión como si de un acelerador se tratara, suave, muy suave, recorriendo toda la zona que se endurecía y aumentaba con los pequeños golpes.

Con un dedo  del pie arañaba la cremallera de arriba a abajo solicitando permiso para entrar. El sonido metálico que ello producía le estremecía.

El semblante le cambiaba  por momentos,  la situación se hacia excitante y a la vez embarazosa. No podía controlarla  y eso aumentaba el fuego interno que le estaba consumiendo.
Los  comensales de las mesas de alrededor cenaban  totalmente ajenos a lo que estaba sucediendo a tan sólo unos metros de distancia y esa situación le estaba poniendo a cien.

Ella seguía clavando sus ojos en los suyos, no dejaba  de mirarlo, estaba disfrutando viéndolo así,  indefenso, excitado, pero sin poder actuar. La situación era provocadora, y el morbo aumentaba sólo de pensar que alguien pudiera descubrirlos.
En un momento dado, y en un alarde de osadía, se arrimó al máximo a la mesa, y utilizando el mantel como aliado  se cubrió de cintura para abajo, desabrochó el pantalón y bajó lentamente la cremallera, separando todavía más las piernas y apoyando la espalda contra el respaldo de la silla, adelantó las caderas para facilitar la entrada de ese pie femenino, suave y a la vez frío, casi helado, que le  hizo estremecer.

Necesitaba un poco más de vino, su garganta no tragaba con la fluidez que debiera, y los bocados se atragantaban a su paso, la cena estaba resultando alucinante.

Sin demora, ese peculiar apéndice atravesaba el umbral que dejaba abierto el paso, cambiando del tacto áspero del tejano a la suavidad del tejido del  calzoncillo que como fiel guardián resguardaba un sexo ya húmedo del que no era dueño.

Mientras, arriba en la mesa, se seguía el protocolo adecuado, degustando el vino que acompaña esa cena tan especial. Cada bocado era acercado de manera sensual a esa boca que entreabierta lo aprisionaba con sus dientes, y el masticar suave y sugerente le hacían estremecer. La lengua, de vez en cuando se asomaba tímidamente  por esa cueva nacarada para ser aprisionada suavemente por unos dientes  deseosos de morder, y con la punta mojaba esos labios ardientes de deseo.

Seguir una conversación estaba siendo imposible, cada pequeña presión de los dedos, ahora ya acariciando y masajeando sus testículos era un pequeño sobresalto.

Su cerebro se veía obligado a batallar en dos flancos a los que debía  atender y controlar  si quería salir victorioso.

El brillo de sus ojos se hacía cada vez más evidente, los destellos que provocaban no se sabía muy bien si eran debidos a la bebida o a la excitación que le estaba provocando las miles de sensaciones que le llenaban la mente.

Siempre bajo el anonimato que le proporcionaba el mantel, bajó un poco los calzoncillos para que el pene, erecto ya, pudiera  sentirse liberado, lo que fue aprovechado sin dilación por ese pie que al igual que un depredador hambriento fue en  busca de su presa.

¡Que agradable sensación para ambos! los dedos acariciando ese proyectil que apuntando hacia arriba se sentía aprisionado entre la piel suave del pie y la de su propio vientre, pero seguía sin poder moverse, ni gesticular, sin poder demostrar el menor síntoma de placer. Le hubiera gustado  jadear, gemir, chillar pero no podía, la educación, los buenos modales, el saber estar, se lo impedían. Las limitaciones eran su propia cárcel.

Ella seguía disfrutando viéndolo sumiso, indefenso, ante su maquiavélica fantasía, ahora sólo prevalecían sus deseos y él lo sabía y no estaba dispuesto a renunciar a ello.

La aparición del camarero de nuevo, dio paso a una pequeña tregua. Unas suculentas fresas con nata pretendían culminar una cena diferente.

El primer mordisco a una roja y jugosa fresa recubierta de nata se contrarrestaba con un nuevo toque, ahora de arriba a abajo, cubriendo ese sexo que ya no atendía a razones sólo a impulsos de las miles de sensaciones que le llegaban y que no podía controlar. Su mente transformó la fresa en su propio  pene  y  sintió como  el mordisco quemaba su alma, y  la nata que la cubría se convertía en  semen que se derramaba, “a punto de nieve” por encima de su vientre.

Bajo la cabeza y cerrando los ojos abandonó por unos momentos la vida terrenal en ese restaurante, para perderse en un universo de luces diminutas. Minutos después recuperó el aliento y al abrir los ojos todavía los pequeños resplandores perduraban en su mente.

Los cafés fueron el último pretexto para recuperar  la compostura y volver a recolocar cada cosa en su lugar.


Al salir del restaurante, la sonrisa del camarero les dio a entender que la escena no había pasado desapercibida para unos ojos acostumbrados a intuir lo que ocurre debajo de las mesas.

TESTIMO bruixeta meva
Sempre teu
SiR

3 comentarios:

luna dijo...

Bellissimo cuento...
Felic week end con mucho Amor..
Un abrazo

Calpurnia Tate dijo...

Bonito cuento, bien escrito y con unas fotos acorde a lo que se cuenta, una escena que me suena muchísimo, realmente bonito. Besos y buenas sensaciones.

Carlos dijo...

Una narración interesante y excitnate